domingo, 13 de octubre de 2013

Salla

Habían terminado de amarse en la orilla de la quebrada, ella lo observaba con sus grandes y tristes ojos. Lo examinaba lentamente: el amplio talle, su dulcísima mirada, largos cabellos en desorden perfecto. Ahora descansaba medio dormido, su cuerpo reposaba luego de saborear el placer inmenso que había significado poseer a la muchacha que cada día se entregaba a su calor.
Lo vio, inmóvil, tranquilo, vulnerable. Acarició con sus ojos por última vez aquel cuerpo de hombre y salió de la quebrada, se vistió y partió rumbo al hogar. Por su mente viajaban millares de ideas, por su corazón solo una. 
Alzó la vista hacia el cielo y el día no era el mismo sin él en su lugar, el frío de su ausencia hizo eco en la aldea, la gente asustada comenzaba a murmurar.
Entrada la noche, se sentó junto al río y con los ojos llorosos pidió a Killa un consejo, ella enternecida la cubrió con su manto y en la misma posición sentada la dejó inmóvil para siempre.
Inti ñukikuy la buscó días y días, hasta que agotado decidió regresar a su lugar.
Los lugareños extrañados no pudieron jamás explicarse el frío en aquellos meses de octubre y la aparición de la gran rumi a la orilla de la quebrada.




miércoles, 2 de octubre de 2013

Inti

Flotaba de espaldas en el agua mientras lo observaba, sus fuertes rayos le brindaban el calor necesario para mantenerse en las gélidas aguas de inicios de Octubre.Lo amaba y a diario se entregaba a sus cálidos brazos, en la orilla del río.
Él quizá no la amaba, pero la deseaba cada día que la veía desnuda flotando allí. A esa hora brillaba con más fuerza para comunicarle su deseo, abrigando su frágil cuerpo color  canela, sus pechos redondos y duros, sus mínimos pezones, erectos por el frío o por la pasión que despertaba en ella. Largas piernas, pubis descubierto, todo su cuerpo mirándole de frente, desafiante, deseoso.
 Sintió inflamarse  por dentro más que nunca, lleno de pasión quiso dejar de ser deidad y bajar a la tierra para tenerla, para sentirla, para amarla.
Ella se levantó más tarde que de costumbre, esta vez los rayos de Taita Inti no la despertaron, el día nublado no quitó sus ganas de bañarse en la quebrada como era su costumbre. Lo buscó en la inmensidad del cielo y no lo encontró, las nubes impedían divisarle como en otras ocasiones, se entristeció por largo rato, hasta que sintió la fuerza de una mirada.
No muy lejos un alto varón la atisbaba, el desorden de largos cabellos del color de los trigales maduros adornaban un rostro amable, de mirada penetrante.
 Se fue acercando y a cada paso le transmitía su calor, el agua poco a poco fue templándose y con ella su cuerpo desnudo.
De espaldas en el agua lo vio enmarcado en el gris cielo, de pie frente a ella lo reconoció de inmediato.
Abrió sus torneadas piernas y se entregó sin tapujos.
Todo su ser se introdujo dentro de ella una y otra vez, por fin la tenía entre sus brazos ya no sería de ningún hombre de la tierra, ahora era sólo de él. 
Se amaron intensamente esa mañana y los lugareños por vez primera, se sorprendieron ante  la frialdad del día que contrastaba por primera vez, con la calidez del agua de la quebrada.