Habían terminado de amarse en la orilla de la quebrada, ella lo observaba con sus grandes y tristes ojos. Lo examinaba lentamente: el amplio talle, su dulcísima mirada, largos cabellos en desorden perfecto. Ahora descansaba medio dormido, su cuerpo reposaba luego de saborear el placer inmenso que había significado poseer a la muchacha que cada día se entregaba a su calor.
Lo vio, inmóvil, tranquilo, vulnerable. Acarició con sus ojos por última vez aquel cuerpo de hombre y salió de la quebrada, se vistió y partió rumbo al hogar. Por su mente viajaban millares de ideas, por su corazón solo una.
Alzó la vista hacia el cielo y el día no era el mismo sin él en su lugar, el frío de su ausencia hizo eco en la aldea, la gente asustada comenzaba a murmurar.
Entrada la noche, se sentó junto al río y con los ojos llorosos pidió a Killa un consejo, ella enternecida la cubrió con su manto y en la misma posición sentada la dejó inmóvil para siempre.
Inti ñukikuy la buscó días y días, hasta que agotado decidió regresar a su lugar.
Los lugareños extrañados no pudieron jamás explicarse el frío en aquellos meses de octubre y la aparición de la gran rumi a la orilla de la quebrada.

