Habían pasado ya los nueve días, era tiempo para realizar la ceremonia. Se dispuso todo para la fiesta, la chicha, las flores, la comida. El calor apremiante podría hacer que se adelantara el proceso, pero confiados en el conocimiento ancestral, todo seguiría su curso normal.
Resultaba complejo y criminal seguir con algunas costumbres en el poblado, pero no había otro modo de hacerlo.
Salieron de tarde para que nadie sospechara, cada uno con su ch´uspa respectiva.Temprano habían ido a dejar el resto de alimentos para la ocasión.
Llegaron al camposanto y les esperaba el amigo cuidador, bebieron hasta muy entrada la noche, una vez borracho le enviaron a dormir pues ellos harían la guardia . Apenas se acostó el amigo se escucharon melódicos los trenos que salían de su boca constipada.
Abrieron rápidamente la loza de cemento que cubría el nicho. Sacaron el cajón y con un diablo abrieron la tapa de vidrio, ahí estaba el padre, serio y dormido con la mirada a medio cerrar, un fuego recatado los cuidaría esa noche en que un ciclo nuevo se cerraba para ellos.
De entre los otros nichos sacaron la comida y las velas para el momento esperado, de pronto un hilo de jugos rojizos y amarillos rodaron por la mejilla del difunto, con una pequeña linterna enfocaron el rostro pálido, en tres minutos los ojos del padre se habían vaciado, felices se abrazaron, brindaron por él y celebraron la explosión del ojo que cerraba el ciclo de la vida. Nunca más sentirían soledad pues su espíritu se quedaría con ellos para siempre..





