domingo, 17 de noviembre de 2013

Ñatita

Habían pasado casi quince años desde que la abuela  fue convertida  a la religión, veinte desde que el abuelo partió. En un santiamén volaron  años de costumbres, ancestros y tradiciones, que  fueron encerradas en el cuarto de los deshechos.
Ahí quedó relegada la caja craneal del abuelo, insignia de la familia cada primero de Noviembre, so pretexto de herejía tuvo que quedarse entre los colchones viejos y las latas de leche desocupadas para usarlas como moldes para el queso. Hubo que esconderla muy bien, pues los hermanos en la fé exigían devolverla a la tierra y darle cristiana sepultura, los nietos se esforzaron en ocultarla y cada vez que salían a buscarla ellos muy comedidos se ofrecían y aprovechaban de cambiarla de lugar. Se dejó de realizar la faramalla cuando murió la abuela y los hermanos en la fe dejaron de visitar la casa.
Entraron sigilosamente saltando la reja, la ausencia de luna hacía más fácil la operación. Revisaron todo de arriba a bajo, la oscuridad era cómplice de la recuperación.
No se escuchaba un alma, el estómago se revolvía con el olor de putrefacto de las flores, al fin llegando al lugar convenido y a la cuenta de tres, saltó la tapa de cemento que cubría el nicho. Abrieron la caja y el rostro sonriente de la abuela apareció lóbrego y calvo.
El mayor la tomó con cuidado y el crujido de desencaje sonó estruendoso ante la mudez de la noche nortina.
¡Quién anda ahí!-- se escuchó a lo lejos la voz del cuidador que se acercaba, cerraron como pudieron y corrieron presurosos a saltar la reja trasera.
 El amanecer fue como los de antaño, las ñatitas adornadas de flores,  sonreían en la mesa de diario adornada para la ocasión.


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