Ahí quedó relegada la caja craneal del abuelo, insignia de la familia cada primero de Noviembre, so pretexto de herejía tuvo que quedarse entre los colchones viejos y las latas de leche desocupadas para usarlas como moldes para el queso. Hubo que esconderla muy bien, pues los hermanos en la fé exigían devolverla a la tierra y darle cristiana sepultura, los nietos se esforzaron en ocultarla y cada vez que salían a buscarla ellos muy comedidos se ofrecían y aprovechaban de cambiarla de lugar. Se dejó de realizar la faramalla cuando murió la abuela y los hermanos en la fe dejaron de visitar la casa.
Entraron sigilosamente saltando la reja, la ausencia de luna hacía más fácil la operación. Revisaron todo de arriba a bajo, la oscuridad era cómplice de la recuperación.
Entraron sigilosamente saltando la reja, la ausencia de luna hacía más fácil la operación. Revisaron todo de arriba a bajo, la oscuridad era cómplice de la recuperación.
No se escuchaba un alma, el estómago se revolvía con el olor de putrefacto de las flores, al fin llegando al lugar convenido y a la cuenta de tres, saltó la tapa de cemento que cubría el nicho. Abrieron la caja y el rostro sonriente de la abuela apareció lóbrego y calvo.
El mayor la tomó con cuidado y el crujido de desencaje sonó estruendoso ante la mudez de la noche nortina.
¡Quién anda ahí!-- se escuchó a lo lejos la voz del cuidador que se acercaba, cerraron como pudieron y corrieron presurosos a saltar la reja trasera.

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