sábado, 23 de noviembre de 2013

Novena

Habían pasado ya los nueve días, era tiempo para realizar la ceremonia. Se dispuso todo para la fiesta, la chicha, las flores, la comida. El calor apremiante podría hacer que se adelantara el proceso, pero confiados en el conocimiento ancestral, todo seguiría su curso normal.
Resultaba complejo y criminal seguir con algunas costumbres en el poblado, pero no había otro modo de hacerlo.
Salieron de tarde para que nadie sospechara, cada uno con su ch´uspa respectiva.Temprano habían ido a dejar el resto de alimentos para la ocasión.
Llegaron al camposanto y les esperaba el amigo cuidador, bebieron hasta muy entrada la noche, una vez borracho le enviaron a dormir pues ellos harían la guardia . Apenas se acostó el amigo se escucharon melódicos los trenos que salían de su boca constipada.
Abrieron rápidamente la loza de cemento que cubría el nicho. Sacaron el cajón y con un diablo abrieron la tapa de vidrio, ahí estaba el padre, serio y dormido con la mirada a medio cerrar, un fuego recatado los cuidaría esa noche en que un ciclo nuevo se cerraba para ellos.
De entre los otros nichos sacaron la comida y las velas para el momento esperado, de pronto un hilo de jugos rojizos y amarillos rodaron  por la mejilla del difunto, con una pequeña linterna enfocaron el rostro pálido, en tres minutos los ojos del padre se habían vaciado, felices se abrazaron, brindaron por él y celebraron la explosión del ojo que cerraba el ciclo de la vida. Nunca más sentirían soledad pues su espíritu se quedaría  con ellos para siempre..

domingo, 17 de noviembre de 2013

Ñatita

Habían pasado casi quince años desde que la abuela  fue convertida  a la religión, veinte desde que el abuelo partió. En un santiamén volaron  años de costumbres, ancestros y tradiciones, que  fueron encerradas en el cuarto de los deshechos.
Ahí quedó relegada la caja craneal del abuelo, insignia de la familia cada primero de Noviembre, so pretexto de herejía tuvo que quedarse entre los colchones viejos y las latas de leche desocupadas para usarlas como moldes para el queso. Hubo que esconderla muy bien, pues los hermanos en la fé exigían devolverla a la tierra y darle cristiana sepultura, los nietos se esforzaron en ocultarla y cada vez que salían a buscarla ellos muy comedidos se ofrecían y aprovechaban de cambiarla de lugar. Se dejó de realizar la faramalla cuando murió la abuela y los hermanos en la fe dejaron de visitar la casa.
Entraron sigilosamente saltando la reja, la ausencia de luna hacía más fácil la operación. Revisaron todo de arriba a bajo, la oscuridad era cómplice de la recuperación.
No se escuchaba un alma, el estómago se revolvía con el olor de putrefacto de las flores, al fin llegando al lugar convenido y a la cuenta de tres, saltó la tapa de cemento que cubría el nicho. Abrieron la caja y el rostro sonriente de la abuela apareció lóbrego y calvo.
El mayor la tomó con cuidado y el crujido de desencaje sonó estruendoso ante la mudez de la noche nortina.
¡Quién anda ahí!-- se escuchó a lo lejos la voz del cuidador que se acercaba, cerraron como pudieron y corrieron presurosos a saltar la reja trasera.
 El amanecer fue como los de antaño, las ñatitas adornadas de flores,  sonreían en la mesa de diario adornada para la ocasión.