Estuvo batallando contra la muerte un día completo, pero la enfermedad pudo más que sus ganas de vivir. Era la tarde de un caluroso verano cuando tomó sus maletas para emprender el único viaje certero en esta vida. Congregados en su recuerdo, una multitud de agradecidos ciudadanos se sumergía en el aromático mar de flores, danzando rumbo al cementerio. Terminada la jornada una suave lluvia bañó la ciudad adormecida; una enorme sonrisa apareció en el cielo, mientras ella besaba a los suyos gota gota, desde la inmensidad.

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